Presentato a Cuba “Jorge Mario Bergoglio. Una biografia intelectual”. L’intervento del dr. Roberto Méndez Martinéz

Sono appena ritornato da l’Havana dove ho partecipato a una serie di incontri con la Chiesa locale, con intellettuali e giovani. Giornate davvero molto interessanti. Qui sotto pubblico l’intervento del dottor Roberto Méndez, uno degli intellettuali più illustri di Cuba, letto in occasione della presentazione del mio volume “Jorge Mario Bergoglio. Una biografia intelectual” al Centro Bartolomé Las Casas de l’Havana, venerdì 1 novembre. Ecco tre immagini dell’incontro.

Oltre al sottoscritto e a Méndez (a sinistra nella prima foto) era presente anche il dottor Rodrigo Guerra Lopez (sulla destra nella stessa foto). Mèndez è autore di ben 40 libri: questa la sua bio-bibliografia .

 

Roberto Méndez Martínez (Camagüey, 1958) Poeta, ensayista, narrador y crítico de arte y literatura. Licenciado en Sociología en la Universidad de La Habana (1980) y Doctor en Ciencias sobre Arte en el Instituto Superior de Arte de La Habana (2000). Profesor y Jefe del Departamento de Historia y Cultura del Instituto de Estudios Eclesiásticos “Padre Félix Varela” en La Habana. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Consultor del Pontificio Consejo para la Cultura de la Santa Sede desde 2008. Tiene publicados alrededor de cuarenta volúmenes por editoriales de Cuba, México, Venezuela, España y Estados Unidos, entre los más recientes se encuentran los ensayos Plácido y el laberinto de la ilustración (Editorial Letras Cubanas, Colección Premio Alejo Carpentier, 2017) y Una noche en el ballet. Guía para espectadores de buena voluntad. (Ediciones Cumbres, Madrid, 2019). Ha recibido en Cuba, entre otros, el Premio de Poesía «Nicolás Guillén», 2000; Premios de Ensayo «Alejo Carpentier», 2007 y 2017; Premio de Novela «Alejo Carpentier», 2010 y Premio de Novela Ítalo Calvino (Editorial Unión-ARCI, Italia), 2014 y en seis ocasiones el Premio Anual de la Crítica. También los lauros internacionales: Premio Internacional de Ensayo Bicentenario de José María Heredia (Toluca, México, 2004), Premio Internacional de Ensayo “Mariano Picón Salas” (CELARG, Venezuela, 2011) y Premio del Certamen Internacional de Ensayo Cervantino (Museo Iconográfico del Quijote-Fundación de Estudios Cervantinos e Instituto Tecnológico de Monterrey, Guanajuato, México, 2014).

 

E questo il testo del suo intervento.

 

UNA BIOGRAFÍA INTELECTUAL DE FRANCISCO LEÍDA DESDE LA HABANA

Dr. Roberto Méndez Martínez

Cuando el papa Francisco viajó a Cuba en septiembre de 2015, ya la isla había recibido a otros dos pontífices; Juan Pablo II (1998) y Benedicto XVI (2012). Tengo frescos en la memoria los detalles de la visita. Estuve muy cerca de él  cuando se dirigió a los jóvenes, ante las puertas del antiguo edificio del Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Lo vi rechazar un paraguas que le acercaron y decidió empaparse en la lluvia cubana junto con todos nosotros. A lo largo de sus recorridos puso a prueba los nervios de quienes le escoltaban al romper continuamente el protocolo para saludar ancianos, bendecir niños o tender la mano a la gente sencilla que lo esperaba a la vera del camino.

Tanto los periodistas como el público que participara en aquellas jornadas, creyentes o no, no encontraban en él la postura mayestática que se asociaba con los pontífices anteriores y, para buena parte de los cristianos cubanos, resultaron muy atractivos sus aires de párroco sencillo que nos hacían rememorar a destacados sacerdotes en la historia cercana de la Isla. Lo mismo sucedía con sus mensajes directos, con sus discursos despojados de retórica. A propósito de esto último escribí,  pocos días después, en un artículo para la revista digital La Jiribilla, del Ministerio de Cultura, donde yo trabajaba por entonces:

Varias veces me he preguntado si es Francisco un gran orador. Si me atengo a las convenciones académicas tengo que responder que no. No tiene la palabra imantada por la poesía de Juan Pablo, ni el equilibrio y la elegancia de Benedicto, sus discursos jamás ganan la altura de pieza literaria. En cambio, puedo asegurar que es un comunicador excepcional, habla en un tono llano que busca alcanzar a los auditorios más simples, sus tropos están tomados de la vida cotidiana y apuesta más por el tono conversacional que por la elevación de la tradicional oratoria sagrada. Cita lo imprescindible, casi siempre de los Evangelios y no presume de erudito. Sus refranes, anécdotas e historietas morales están muy cerca de las que emplearía un buen narrador oral. En fin, es una palabra que arrebata a muchos aunque no está destinada a los exquisitos.

Hay un detalle en el que quizá pocos se han fijado. Aunque Bergoglio posee una excelente educación teológica y humanística, como corresponde a alguien formado por los hijos de san Ignacio de Loyola, prefiere no exhibirla. Más aún, no teme hablar el lenguaje elemental de los párrocos populares. En vez de sutilezas dogmáticas emplea términos que parecerían lugares comunes a nuestro pragmático mundo actual.

Lamentablemente, precisamente eso que muchos contemplábamos como un mérito, ha sido visto como una carencia. Muchos de sus adversarios, desde la Iglesia o lejos de ella, han insistido en tópicos como su “escasa preparación teológica”, su supuesta limitación en el terreno filosófico o una especie de pauperismo en su expresión que algunos suponen es un signo de su adhesión a la teología de la liberación.

Por esta razón, me ha llenado de alegría la lectura del libro del profesor Massimo Borghesi: Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística. En él, su autor, muestra de manera sistemática y muy bien argumentada, las principales fuentes que nutrieron el pensamiento del joven jesuita, devenido después Arzobispo de Buenos Aires, antes de llegar al pontificado. Pone ante nuestros ojos la diversidad de estas, que provienen de los campos de la teología, la filosofía, el pensamiento social, la historia y la literatura, así como el modo en que él ha sabido extraer de ellas instrumentos esenciales para conformar un pensamiento rico y original, en el que ha logrado concertar lo propio de su patria y de todo un continente con la catolicidad universal, sin provincianismos ni superficialidad.

El autor del libro nos conduce con rigor investigativo y sistematicidad de pedagogo por cada una de las corrientes principales: en primer término, la huella de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola, perfectamente explicable en un hijo de la Compañía de Jesús, pero profundizada por la asimilación de la interpretación que de ellos hiciera el francés Gastón Fessard, quien resaltó la dialéctica de contrarios en la espiritualidad ignaciana, no porque se sometiera a la dialéctica hegeliana, a la que se sustrajo aunque era un conocedor de ella, sino que sigue el derrotero del discípulo de Maurice Blondel, para forjar una tensión entre polos que puede resolverse en armonía, sin que por ello sea preciso anular uno de los contrarios, lo que Francisco ha sabido aprovechar desde el punto de vista metodológico en sus escritos, no solo para su magisterio sobre la vida espiritual, sino para explicar algunos de los problemas más urgentes de nuestra época en la naturaleza y la sociedad.

Si las páginas consagradas a mostrarnos cómo esta dialéctica polar se nutrió también de la obra de Romano Guardini, lo que viene a desmentir otra vez la pretendida falta de asidero teológico de Bergoglio, a mi juicio resulta mucho más importante el espacio dedicado a las influencias locales que contribuyeron a ciertas opciones en su pensamiento, por ejemplo el discernimiento que debió hacer todavía en su juventud, en una Argentina dividida por la violencia, en la que una parte de los creyentes apoyaba a los gobiernos militares, mientras otras se inclinaba hacia la lucha armada de los grupos de izquierda, en algunos casos nutridos por la “teología de la liberación” que pretendía conciliar el materialismo dialéctico con el mensaje evangélico. Como él mismo manifestara años después: “Él se mantenía en la fe para desde ella enriquecer la política”.

En ese derrotero lo ayudarían las enseñanzas de la pensadora Amelia Podetti, conocedora profunda de las filosofías de Husserl y Hegel. Ella, a partir de la crítica a este último, pudo reclamar para América Latina “una autoconciencia renovada” y, así como las letras del Nuevo Mundo habían ganado dimensión universal, impulsadas por el boom de la novela latinoamericana, era preciso un salto semejante en la producción filosófica de este lado del océano. A partir de su pensamiento, Bergoglio pudo enfatizar en una nueva interpretación de La ciudad de Dios de San Agustín, concebida como el otro polo – opuesto a Hegel- de la filosofía de la historia, que sirve para rechazar las “teologías imperiales” sean de derecha o de izquierda, pues el obispo de Hipona es a la vez “legal” y “revolucionario” y no identifica su Ciudad Santa con ningún estado.

Sin embargo la impronta que más resalta en el volumen es la dejada en el jesuita por el intelectual uruguayo Alberto Methol Ferré. Este teólogo y experto en Ciencias Sociales, considerado como el laico mejor preparado de su tiempo en el continente americano, siguió un derrotero que lo hizo confluir con el religioso argentino. Décadas antes de acceder este al pontificado sostenía ya frecuentes encuentros con quien se autodefinía como “neotomista silvestre” y que, colocado frente a las dicotomías integrismo – Ilustración, tradicionalismo-secularización, apuesta por la categoría Resurgimiento para aplicarla a la Iglesia en América, lo que implicaba un diálogo crítico con lo moderno y una revalorización del catolicismo popular, conforme con la tradición del barroco americano.

Methol trabajó en la preparación de la Conferencia de Puebla (1979) y contribuyó no poco a su intercambio de ideas. Consideraba que era posible una síntesis del barroco con la autoconciencia del hombre moderno, lo que superaba la contradicción largamente sostenida entre Iglesia conservadora y la modernidad entendida en clave positivista. Mas, a diferencia de un Gustavo Gutiérrez, por ejemplo, rechazó la solución propuesta por una parte importante de la teología de la liberación de valerse de la metodología marxista para la comprensión crítica de la sociedad y que con frecuencia servía como legitimadora de la violencia como solución de los conflictos sociales. Su labor intelectual se orientaba más al estudio de la historia y la cultura latinoamericanas para descubrir las semillas de un renacer religioso en el que Pablo VI llamara “el Continente de la esperanza”. Se trataba de contextualizar y actualizar de este lado del mundo las enseñanzas del Concilio Vaticano II, con el apoyo de una cultura humanista no divorciada del elemento popular, pero sin compromiso con las corrientes ideológicas de la modernidad, lo que significaba alejarse tanto de la Filosofía de la historia de Hegel, como de El Capital marxista o de La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber.

Es, por cierto, la primera vez que se reconoce que un arzobispo y luego sucesor de Pedro, estuvo directamente influido por un teólogo laico, cuando lo habitual ha sido que solo se acepten como asesores e inspiradores teólogos de alzacuellos y sotana.

Me resulta difícil destacar todo lo que me parece meritorio o retador en este libro. Confieso haber disfrutado con el descubrimiento del Bergoglio responsable del Colegio Máximo de Buenos Aires que revisa los programas de formación y junto al estudio de la literatura europea reclama poner los modelos argentinos, de Martín Fierro a Borges, saber que exigía que supieran “de gauchos y caudillos, y no solo de trenes y telégrafos”.

Se trata de la misma mente inquieta que para criticar la abstracción revolucionaria que antepone la ideología a la realidad, es capaz de apoyarse en una carta escrita en 1834 por Juan Manuel de Rosas a Facundo Quiroga, ambos caudillos argentinos, ampliamente denostados por el discurso del liberalismo moderno. El que es capaz de referirse a la trasmutación del barroco traído por los jesuitas al Nuevo Mundo y que cita al escritor cubano Alejo Carpentier a propósito de la relación entre geografía y barroco americano. Esas son muestras de un pensamiento que, como el poliedro, posee múltiples facetas y está cargado de potencialidades transformadoras.

No debe obviarse que toda la armazón teológico-filosófica del pensamiento de Francisco está rematada por la mística, no por esa del espiritualismo desencarnado, que se desentiende de los problemas del mundo, para refugiarse en una especie de alienación, sino otra muy distinta, fundamentada en el misterio de la Encarnación, por lo que la vivencia espiritual no se separa de la experiencia sensorial: ver, tocar al prójimo, sentirse en comunión con él, resultan esenciales. En ella acción y contemplación no se oponen sino que se complementan, así como la misericordia en su plenitud no sustituye a la verdad, sino que una se nutre de la otra. Y todo llega a su plenitud en la unidad de los trascendentales: la verdad, la belleza y el bien.

Es preciso hacer una advertencia a los posibles lectores cubanos. A lo largo del libro hay abundantes referencias a circunstancias históricas latinoamericanas entre los años 60 del pasado siglo y la actualidad, que difieren radicalmente de las circunstancias cubanas. Por ejemplo, a partir de 1961 el marxismo en su variante leninista fue asumido como ideología oficial del Estado, que entró pronto en conflicto con la Iglesia, de modo que no se produjo ningún intento importante por seguir los pasos de la “teología de la liberación”, sino más bien surgió una fuerte prevención hacia ella. Así mismo, solo un número mínimo de clérigos y otro todavía más reducido de laicos conocían de la existencia de Alberto Methol. Es cierto que la conferencia de Puebla fue la inspiración para el ENEC, en cuyo informe final hay una voluntad de diálogo y apertura a la cooperación en ciertos terrenos con las autoridades, pero la Iglesia seguía atada a la urgente necesidad de sobrevivir, con un concepto de unidad propio de una fortaleza sitiada, lo que muchas veces inclinó la balanza – como sucedía en Polonia- hacia el tradicionalismo y el conservadurismo. Aunque se aplicaran a su tiempo las reformas litúrgicas del Concilio, ciertas novedades contenidas en sus documentos, como el verdadero rol de los laicos en la Iglesia y la sociedad, siguen siendo una asignatura pendiente.

Tales circunstancias explican que no hubiera, como sí hubo en algunas zonas del continente americano, disensiones respecto a ciertas concepciones sociales y políticas de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Sin embargo, junto a la simpatía por la figura de Francisco, subsisten en nuestras sacristías algunos recelos por su labor de reforma eclesial.

No olvidemos tampoco un dato histórico, solo en el período 1898-1901 la Iglesia local se separó del Patronato regio español y comenzó su lento proceso de cubanización. Por ello, es innegable que la Iglesia de España fue nuestro espejo, y, aún hoy, tenemos más contacto con ella que con las de México, El Salvador o Argentina, a la vez que, dado el alto número de feligreses cubanos emigrados a Estados Unidos, crecen los contactos con un sector, bastante conservador, del catolicismo norteamericano, todavía poco estudiados.

Un último detalle, en la historia colonial de Cuba, surgió en las primeras décadas del siglo XIX una versión peculiar de la Ilustración, que conjugaba en algunos de sus exponentes notables, liberalismo y fe cristiana, búsqueda de las libertades y mensaje evangélico. Es el caso del Venerable Padre Félix Varela, sacerdote y patriota ejemplar, quien, por cierto, en sus Cartas a Elpidio interpretó La ciudad de Dios en un sentido semejante al de Methol y Francisco. Pero eso significa que entre nosotros el término Ilustración no tiene estrictamente el sabor a enemistad y obstáculo que posee para el laico uruguayo.

Precisamente por todas estas peculiaridades de nuestra isla, era urgente un libro como este, que facilita una lectura más provechosa de los textos papales y permite aquilatar cuánto hay de sanamente renovador en la labor del Papa.

En abril de 2013 redacté un artículo para la revista Palabra Nueva dedicado al inicio de su pontificado. Comenzaba por referir cómo en la misa de su instauración decenas de personas portaban carteles con la invitación que en sueños Dios hiciera a san Francisco de Asís: Francesco, va’, ripara la mia casa. Tras hacer un paralelo entre las circunstancias históricas que marcaron las existencias de los dos Franciscos, concluía así:

Después de su elección, he escuchado a muchas personas, cristianas o no, preguntarse en voz alta: ¿Podrá realmente Francisco resolver todos los problemas que tiene la Iglesia? Sinceramente, creo que hay mucho de ingenuidad en esa frase. Ningún pontífice, ni siquiera un santo como el de Asís, puede resolver todos los problemas de la Iglesia, sean estos internos, motivados por el pecado personal de sus miembros, o por sus relaciones con el mundo, porque ellos sólo cesarán con el segundo advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Su misión es conducirla con sabiduría y ayudar a su santificación con la gracia especial del Espíritu Santo.

Un lustro después podría confirmar estas palabras. Solo que estoy convencido, y el libro del profesor Borghesi ha venido a confirmármelo, que las novedades que a tantos escandalizan son una parte de esa reparación de las estructuras eclesiales que comenzó con el Concilio Vaticano II y que ahora continúa, marcada por el ritmo ascendente  del barroco americano, dramático, espectacular, con sus Cristos de costados sangrantes y esos ángeles arcabuceros que asustan a los timoratos en las tardes de tormenta.

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